Quintín es tonto.
O eso dicen,cuando lo ven por la calle, para mí lo que Quintín es, él es feliz.
Se levanta todos los días sobre las ocho y enciende la tele, le gusta estar un rato sentado en el butacón mientras ve las noticias, dice que se está muy bien y calentito, aunque sea verano. Después su madre la da la lista de la compra y va al supermercado, con su paso lento coge el carrito porque a él no le gusta usar bolsas, dice que se parten todas y que con el carrito va mejor.
Nada más entrar por la puerta da los buenos días a todo el mundo y cuando no le contestan se enfada, ¡He dicho buenos días!, y ya todo el que estaba enfrascado en una conversación la interrumpe y le contesta, ¡Buenos días Quintín!, él sonríe.
Siempre lleva un papel arrugado con una caligrafía de un niño de diez años, y la lee pacientemente mientras mete cada artículo en la cesta. Alguna gente se sorprende cuando lo ve leer y escribir, pero Quintín ya hace años que va a la escuela de adultos, yo creo que siempre está en el mismo curso, y que ya no puede avanzar más, pero si un día decidiese dejar de ir, todos sus compañeros y profesores lo echarían de menos. Porque en todos los viajes que hacen el es el centro de atención, lo mismo te cuenta un chiste que te canta un fandango, y todos se ríen con él.
Lo que más le gusta a Quintín es la Semana Santa, no se pierde ni un día de ensayo de los costaleros, y cuando salen los pasos siempre va detrás. Yo lo recuerdo con su madre al lado, con el mismo traje de chaqueta, con una corbata estrecha que parecía que lo iba a ahorcar y la camisa impecable dentro del pantalón, pero desde hace dos años le regalaron un traje de un difunto y ahora va echo un galán. El día que lo estrenó parecía que se iba a salir de él, se llevó todo el día sonriendo y cuando la gente le decía que guapo iba, les contestaba, “Pa pa parezco Matías Prá”.
A Quintín le encanta los niños, aunque estos no siempre se porten bien con él, ya se sabe que los niños pueden ser muy crueles, y quizás el día que más triste lo vi fue en carnavales. En el tren del carnaval es habitual que los niños lleven sprays de nieve, y la vayan lanzando a todo el que pase por su lado, pero ese día todos se pusieron de acuerdo y sólo le tiraron a él, que terminó echo una bola de espuma y con los ojos irritados, cuando llegó a casa se quitó los zapatos y se acostó con la ropa y todo, su madre que lo conoce, para eso lleva cuarenta años a su lado, se dijo, “mañana ya no se acuerda”.
Y así fue, porque la última vez que lo vi fue en un atardecer en la puerta de su casa, con el transistor escuchando música y ejerciendo de capataz de un paso, que unos chiquillos habían improvisado con una mesa de playa y un cristo encima. Él se sentó en el escalón de su puerta, se miró las manos arrugadas y suspiró.



