Amor en los ochenta
Un plato se cae al suelo y se hace en mil pedazos, una mano arrugada recoge los pedazos con el cuidado y tranquilidad que sólo dan ochenta y un años. Esa mano es la de Juana, y desde la última vez que Antonio estuvo en el despacho, ha perdido la movilidad de dos de sus dedos. Desde entonces se siente más torpe y cada vez un poco más humillada.
Juana siempre ha vivido para cuidar de Antonio y sus hijos, eso siempre contesta ella cuando le preguntan las vecinas chismosas, ¿Juana que haces?, ¡Cuidar de mi marido y mis hijos!, las vecinas sonríen y ella les responde con una mueca en los labios y con unos ojos que delatan tristeza, porque para Juana, sus hijos son dos gatos siameses que la acompañan desde hace varios años.
- No podéis tenerlos.
- ¿Pero quién ella o yo?, preguntó Antonio.
- Ella, ella.
- Gracias doctor, tendremos en cuenta sus servicios.
Esa fue la visita al médico que más dolor produjo en Juana, más que aquella vez que Antonio le golpeó en el costado dejándola sin aire, teniendo que estar tres días en el hospital. Incluso aquella vez con ocho años, que trabajando en casa de Don José, se cayó en el aljibe y tuvo que ir a la capital para que pudieran operarle la pierna. Eso fue nada comparado al dolor que sintió, cuando supo que no pudo tener hijos.
Antonio era un hombre enérgico, con una complexión que a sus ochenta y tres años parecía de alguien mucho más joven, él siempre se había conservado bien y no había echo como otros compañeros que habían dejado hasta engordar como un tonel. Luchó en la guerra, en el bando de los que empataron y desde entonces sus vecinos le trataban con respeto, todos sabían que Antonio, era una persona de moral recta y de pulso firme, excepto cuando bebía y golpeaba a Juana, entonces sólo Juana sabía lo que era.
Solamente hubo una vez en que vi a Antonio como una persona que albergara tener sentimientos, y fue cuando le dio el ataque al corazón. Entonces estuvo dos meses ingresado y Juana, su fiel esposa, no se despegó ni un segundo de él, todavía no puedo comprender como una persona pudo cuidar con tanto cariño y esmero de otra, de lo que sólo había conseguido golpes e insultos. Pero Juana era así, lo daba todo sin esperar nada a cambio, se desvivía por cuidar de Antonio y sólo una vez en su vida tuvo un segundo de lucidez, un segundo que le cambió la vida, y ese segundo fue un lunes a las ocho y treinta y cinco de la tarde.
Ese lunes, Juana como siempre, estaba en la cocina preparando la cena y Antonio, en su despacho acompañado de una botella de coñac y de los múltiples fusiles que colgaban de la pared. Juana sabía lo que significaba que Antonio se encerrase en esa habitación, porque no es la primera vez que sale a demostrarle lo hombre que es, después de beberse media botella. Así que esta vez estuvo preparada, ella esperaba, que como era habitual, el se acercase por detrás y le golpeara.
Juana escuchaba los pasos lentos por el pasillo, el momento llegaba y ella sabía como ocurriría, pero esta vez no sería de sorpresa, sería todo diferente. Así que cuando Antonio se acercó por detrás y le soltó un golpe a la altura de la oreja, Juana no se cayó al suelo como otras tantas veces, sino que sacó fuerzas de todo el dolor que había sufrido en su vida y se volvió. Miró a la cara a Antonio y este se sintió intimidado, porque en el fondo, él es sólo un cobarde, ¿Qué pasa, quieres más?, le espetó el marido, ¡No, esta vez te doy yo, hijo de puta!, y sacando un cuchillo de su delantal le asestó tres puñaladas fatales a la altura del estómago, una lágrima cayó del rostro arrugado de Juana.
Con el oído aún pitando, cogió el teléfono y llamó a Miguel, él era el sanitario que tantas veces había atendido a Juana y era el único que sabía que Antonio le pegaba con frecuencia.
- ¿Qué pasa Juana otra vez te ha pegado ese cabrón?
- No hijo, esta vez he sido yo.
- ¿No habrás echo una locura, verdad?
- Si, creo que está muerto.
- Venga, tranquilizate que ahora voy hacía allí.
- ¿Qué voy hacer Miguel?¿Voy a ir a la cárcel?.
- Tranquila Juana, no vas a ir a la cárcel, lo primero que tenemos que hacer es no decírselo a nadie, siéntate y no llames a nadie más.



